Sagrados Corazones de Jesús y María

Sagrados Corazones
Jesús y María son una comunidad de amor. Por eso nos consagramos y nos entregamos a los dos al mismo tiempo.
En las letanías al Sagrado Corazón de Jesús oramos:
"Corazón de Jesús, formado en el seno de la Virgen Madre por el Espíritu Santo."
Por obra del Espíritu Santo fue formado Jesús como hombre con un corazón humano en el vientre de la Virgen María. Los dos Sagrados Corazones estuvieron unidos desde el principio de una manera maravillosa.
El Corazón de María fue el primero en adorar al Corazón de Jesús y el que comprendió más cabalmente la profundidad de su amor.
Ella, como educadora, modeló el Corazón de su Hijo.
En el momento en el que el Corazón de Jesús fue traspasado en la cruz por la lanza del soldado, el Corazón de María sufrió las heridas producidas por la espada de los dolores. En el Corazón de Jesús se refleja el Corazón de su Madre.
El culto al Corazón de María se fue desarrollando en la Iglesia en forma paralela al culto al Corazón de Jesús. La fiesta del Corazón inmaculado de María está inmediatamente después de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, lo que da cuentas de su íntima unión.
El ángel de la paz mencionó, en sus tres apariciones en Fátima en el año 1916, el Corazón de María junto al de Jesús. ¡Donde está el Hijo, allí está también la Madre!
En la segunda aparición de la Virgen María en Fátima, el 13 de junio de 1917, Lucía recibió su deber, que seria de por vida, que consistía en difundir el culto al Corazón de María, ya que en él reside la salvación de la humanidad. El culto al Corazón de Jesús estaba en esos momentos ya fuertemente arraigado en la Iglesia.
El fundamento de la consagración
Todos los hombres somos propiedad de Jesús, porque es nuestro Creador y Salvador. Por el bautismo los cristianos somos más suyos todavía. La pertenencia a Jesús debe ser confirmada y esta confirmación debe ser renovada continuamente con nuestra decisión personal a favor de Él. Esto ocurre de una manera privilegiada en la consagración al Corazón de Jesús, siempre que esté preparada a conciencia.
No somos solamente de Jesús. Somos también de María, ya que ella es nuestra madre espiritual. Al que se entrega a María, ella lo entrega a Jesús. Ella es el camino a Jesús, la mediadora y la intercesora ante él.
Es cierta la máxima de san Luis Grignion de Montfort: ¡A Jesús por María!
En un sentido estricto podemos consagrarnos solamente a Dios, por eso también a Jesús, que no es tan solo verdadero hombre sino que también es Dios verdadero. Podemos consagrarnos a la Virgen María solamente en un sentido amplio de la palabra, por analogía. Por eso, teniendo en cuenta las directivas recientes de la Santa Sede Apostólica, preferimos emplear el término "entrega", "don".
Con la Consagración le entregamos a Jesús por María nuestra alma y nuestro cuerpo,
el crecimiento espiritual,
nuestras oraciones,
mortificaciones y nuestras buenas obras,
nuestras luchas interiores ocultas,
nuestro esmero por la pureza del alma,
las cruces de todo tipo,
nuestro estado de salud,
nuestra familia,
a los conocidos y amigos,
nuestra vocación y
bienes materiales.
En nosotros comienza una nueva vida, formada a imagen del Corazón de Jesús y del de María.
Si nos entregamos conscientemente al Corazón de Jesús y al de María, se nos ofrecen también ellos dos de una manera nueva. Se trata de una alianza de dos amores.
Al donarnos a Jesús y a María, pasamos a ser su pertenencia y ellos dos cuidarán de nosotros, tratándonos como suyos.
La vida a partir de la consagración
La consagración no es un acto que se realiza una sola vez. Con nuestra vida la confirmamos y la renovamos día a día.
En las letanías al sagrado Corazón de Jesús lo denominamos "hoguera ardiente de caridad" y "lleno de bondad y amor".
Junto a su Corazón, nuestro corazón vuelve a arder en el amor, se llena de bondad y de amor, siente el anhelo de alcanzar la santidad y comienza a amar desinteresadamente. Solamente el Amor puede motivar al hombre para un amor desinteresado.
Santa Margarita María de Alacoque escribió lo siguiente:
"Creo que no existe un camino más corto para alcanzar la perfección y que no hay un medio más seguro para la salvación como la consagración al Corazón Divino."
La santa expresó varias veces:
"Pienso que no se perderá nadie de los que adoren el Corazón de Jesús y se entreguen a El."
La consagración nos pone en dirección del amor al prójimo. Nuestro apostolado es, en primer lugar, un apostolado de oración y sacrificio y de una vida cristiana ejemplar en el cumplimiento de los mandamientos Divinos y de los preceptos de la Iglesia.
Rezaremos para que el Reino de Dios se acreciente en las almas. Para este fin aceptaremos también renunciamientos y mortificaciones.
Principalmente llevaremos con entusiasmo nuestra cruz de cada día y haremos así actos de reparación a los Sagrados Corazones de Jesús y de María por nuestros pecados y por los pecados de toda la humanidad.